Hoy se cumplen 57 años desde la noche en que una comunidad decidió plantarse. La historia de Stonewall, lo que significa para Chile y por qué el orgullo sigue siendo un acto político.
Todo empezó con una redada policial
Era la madrugada del 28 de junio de 1969 en el barrio de Greenwich Village, Nueva York. La policía irrumpió, como tantas otras veces, en el Stonewall Inn, un bar frecuentado por gays, lesbianas, personas trans, drag queens, jóvenes expulsados de sus hogares y trabajadores sexuales. Las redadas en bares de ambiente eran pan de cada día en esa época: la homosexualidad era ilegal en casi todos los estados de Estados Unidos, y el hostigamiento policial era sistemático, brutal y socialmente aceptado. Esa noche, sin embargo, algo cambió. La comunidad decidió no quedarse callada. Lo que debía ser una detención rutinaria se convirtió en una revuelta que duró varios días y que encendió la chispa del movimiento moderno por los derechos LGBTI+.
No fue un acto planificado. No hubo dirigentes ni manifiestos. Fue rabia colectiva convertida en resistencia. Y esa rabia tenía nombre, historia y contexto: décadas de persecución, vergüenza obligatoria y violencia institucional. La gente que se plantó en Stonewall no salió a la calle con una agenda política elaborada. Salió harta. Y esa hartazón cambió la historia.
¿Por qué el 28 de junio? ¿Por qué “Orgullo”?
Un año después de la revuelta, en junio de 1970, activistas organizaron las primeras marchas conmemorativas en ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Chicago y San Francisco. Querían recordar lo ocurrido y mantener viva la llama de la resistencia. Con el paso de los años, esas marchas crecieron, se replicaron en decenas de países y se transformaron en las celebraciones masivas que hoy conocemos. El nombre “Orgullo” no fue un accidente: lo eligió Brenda Howard, una activista bisexual neoyorquina a quien se conoce como la “Madre del Orgullo”. La palabra fue una respuesta deliberada a la vergüenza que la sociedad intentaba imponer. Como resumió hace décadas el activista argentino Carlos Jauregui: “En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.”
Y es que el orgullo no es vanidad. Es la decisión de no avergonzarse de lo que uno es. Es afirmar, con la frente en alto, que la diversidad sexual y de género no necesita justificación, disculpa ni cura. Es también memoria: acordarse de quienes pagaron un precio muy alto para que las generaciones siguientes pudieran vivir con algo más de libertad.
“En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.” Carlos Jauregui, activista LGBTI+ argentino
Stonewall sigue siendo un campo en disputa
La vigencia de Stonewall como símbolo quedó en evidencia este mismo año. En febrero de 2026, la administración de Donald Trump ordenó retirar la bandera LGBTI+ del Monumento Nacional de Stonewall en Nueva York, un espacio gestionado por el Servicio de Parques Nacionales y declarado símbolo histórico del movimiento por los derechos de la comunidad. Para activistas y organizaciones de todo el mundo, no era un gesto menor: retirar esa bandera de ese lugar específico era un intento de borrar parte de la historia oficial del país. La respuesta fue inmediata: autoridades locales, jueces y la presión sostenida de la comunidad lograron que en abril de 2026 la bandera fuera restituida. El episodio fue un recordatorio brutal de que los derechos no son un logro permanente e irreversible. Se conquistan, se defienden y, si no se cuidan, se pueden perder.
Chile tiene su propio orgullo y sus propias deudas
El Día del Orgullo no es una fecha importada que miramos desde lejos. Chile tiene su propia historia de lucha, resistencia y conquistas. El movimiento LGBTI+ chileno lleva más de tres décadas organizándose en condiciones muchas veces adversas: durante la dictadura, la homosexualidad era perseguida; en democracia, la discriminación siguió siendo legal durante años. Fue un camino largo hasta el matrimonio igualitario, aprobado en 2022, y antes de eso, la Ley de Acuerdo de Unión Civil en 2015 y la Ley Antidiscriminación, conocida como Ley Zamudio, en 2012, que lleva el nombre de Daniel Zamudio, el joven gay brutalmente atacado y asesinado en un parque de Santiago ese mismo año. Su muerte sacudió a Chile y aceleró una legislación que llevaba años trabada en el Congreso.
Este sábado 27 de junio, apenas un día antes de que se cumplieran 57 años de Stonewall, más de 100 mil personas marcharon por las calles de Santiago en la XXVI Marcha del Orgullo, convocada por el Movilh y la Fundación Iguales. La movilización coincidió además con el 35° aniversario de la lucha organizada del movimiento LGBTI+ en Chile. Las principales demandas fueron claras: reforma a la Ley Zamudio para hacerla más efectiva, aprobación de una Ley de Educación Integral en Sexualidad y sanciones concretas contra los discursos de odio. La vocera del Movilh, Javiera Zúñiga, lo planteó con precisión: “Será un espacio de recuperación de la memoria histórica y de reflexión sobre cuánto hemos recorrido para conquistar derechos.”
“Marchemos ante la urgente necesidad de alzar la voz frente a las arremetidas nacionales e internacionales que están poniendo en jaque los derechos LGBTIQ+.” Movilh y Fundación Iguales, convocatoria Marcha del Orgullo 2026
¿Fiesta o protesta? La respuesta es: las dos
Cada año surge el mismo debate: ¿el Orgullo debe ser celebración o reivindicación? ¿Carrozas con música o marchas con consignas? La respuesta honesta es que no hay por qué elegir. Las dos cosas coexisten porque siempre han coexistido. Los primeros desfiles también tenían música, baile y colores. Y las marchas más festivas siguen llevando en su corazón una exigencia política. Celebrar quiénes somos y exigir lo que nos deben no son cosas contradictorias; son la misma cosa vista desde distintos ángulos. El orgullo es alegría y es rabia. Es comunidad y es historia. Es una fiesta que empezó como un motín.
Lo que sí es importante recordar, hoy 28 de junio de 2026, es que el Orgullo existe porque hubo personas que pusieron el cuerpo cuando era peligroso hacerlo. Muchas de ellas no llegaron a ver los avances que vinieron después. Su valentía es la base sobre la que los y las que vienen hoy construyen sus vidas con algo más de libertad. Honrarlas no es un ejercicio nostálgico: es entender de dónde venimos para saber a dónde queremos ir.
¿Qué significa todo esto para nosotros y nosotras hoy?
Significa que el Orgullo no es solo un mes en el calendario ni una etiqueta de Instagram. Es una postura. Una afirmación de que existimos, que somos parte de esta sociedad y que merecemos vivir sin miedo, sin vergüenza y sin que nadie nos diga que nuestra forma de amar o de ser está mal. En Chile, con todo lo avanzado, siguen existiendo brechas reales: discriminación laboral, violencia en el espacio público, falta de protección legal efectiva y discursos políticos que usan a la comunidad LGBTI+ como blanco para ganar votos. Por eso el Orgullo sigue siendo necesario. No como exhibición, sino como presencia. Como recordatorio de que estamos aquí y que no vamos a ninguna parte.
Así que si ayer marchaste, felicitaciones. Si no pudiste, también está bien. Pero hoy, 28 de junio, vale la pena detenerse un momento y reconocer lo que esta fecha representa: 57 años de una comunidad que se negó a ser invisible. Y que sigue negándose, cada vez con más voz y con más fuerza.
