Madonna estrena “Confessions II” y la pista de baile vuelve a ser un templo

Madonna lanza "Confessions II": la secuela que reescribe su historia

Veintiún años después de “Confessions on a Dance Floor”, la Reina del Pop lanza la secuela que todos y todas esperábamos: un disco que reescribe su propia historia y devuelve la fe al dance floor.

Hay noticias que uno espera durante años sin atreverse a pedirlas en voz alta, no sea cosa que se cumplan a medias y terminemos decepcionados y decepcionadas. La secuela de “Confessions on a Dance Floor” era una de esas. Pero este 3 de julio, Madonna decidió que ya era hora de saldar esa deuda pendiente con nosotros y nosotras, y lanzó “Confessions II”, su decimoquinto álbum de estudio y el primero desde “Madame X” en 2019.

Para quienes no vivieron el terremoto cultural de 2005, “Confessions on a Dance Floor” no fue solo un disco de Madonna, fue un rescate colectivo. Después del tropiezo comercial y crítico de “American Life”, la artista se subió a la pista, se puso las luces de discoteca de fondo y le recordó al mundo entero por qué llevaba décadas mandando en el pop. Ese disco, con “Hung Up” a la cabeza, se convirtió en un himno gay de manual, de esos que suenan cada sábado en cualquier fiesta que se respete, desde Bellavista hasta Barcelona.

Stuart Price vuelve al puesto de DJ

Para esta segunda parte, Madonna repitió la fórmula que funcionó: llamó de vuelta a Stuart Price, el productor que estuvo detrás de aquel disco fundacional, y juntos armaron una experiencia pensada para escucharse de corrido, como un DJ set real, con las canciones mezcladas entre sí sin pausas ni respiros. El resultado es un viaje que pasa por el house de Chicago, el acid con toques de eurodance y ecos del trip hop noventero, todo tejido con guiños constantes a la propia discografía de la artista.

Y ojo, porque esos guiños no son casualidad ni relleno nostálgico. En “I Feel So Free” se cuela una referencia a “French Kiss” de Lil Louis, mientras que “Bring Your Love”, su colaboración con Sabrina Carpenter, tiene ecos de Inner City. También aparece la Nueva York de Danceteria, ese club mítico donde Madonna se codeaba con Basquiat, Keith Haring y Lou Reed, y donde perdió a su amigo Haoui Montaug a causa del sida. Un homenaje que ya había insinuado en el “Celebration Tour”, cuando dedicaba parte del show a recordar cómo la pista de baile se fue vaciando por las muertes prematuras de sus amigos y amigas durante la crisis sanitaria de los años ochenta y noventa.

De la carne al alma

Si el “Confessions” original hablaba del cuerpo, este habla del alma. Los críticos y las críticas internacionales, desde Variety hasta NME, han coincidido en algo poco habitual tratándose de una artista con más de cuatro décadas de carrera: que este es su mejor disco desde hace veinte años. Hay temas que exploran la pérdida, la maternidad y la memoria con una honestidad que pocas veces Madonna se permite. “Fragile” está dedicada a su hermano Christopher, fallecido hace algunos años, y “The Test” es un dueto con su hija Lourdes Leon, en el que ambas parecen sanar heridas familiares sobre una base de beats propulsivos.

Ese contraste entre la euforia de la pista y la introspección más íntima es, quizás, lo que hace que este disco resuene con tanta fuerza en la comunidad LGBTI+. La discoteca nunca fue solo un lugar para pasarlo bien. Para muchos y muchas de nosotros y nosotras, fue el único espacio donde podíamos ser exactamente quienes somos sin pedir permiso. Un lugar de duelo, de deseo, de sobrevivencia y también de libertad. Madonna lo entendió siempre, incluso antes de que el resto del mundo se diera cuenta de que la música dance no era un género menor, sino una forma legítima de contar historias profundas.

“La discoteca puede ser también un lugar para el duelo, la memoria, el deseo, la supervivencia, la libertad y la reivindicación.” (Shangay)

Un lanzamiento con producción a la altura

El álbum llega acompañado de un cortometraje musical, “Confessions II – The Film“, dirigido por el dúo TORSO y estrenado en el Festival de Tribeca. La lista de invitados e invitadas que aparecen en la película es un quién es quién de la cultura pop actual, con nombres como Sabrina Carpenter, Benedict Cumberbatch, Julia Garner y su propia hija Lourdes Leon, entre otros y otras. Además, Madonna sorprendió con un show gratuito en Times Square por el Mes del Orgullo, transmitido en vivo por Grindr, donde interpretó adelantos del disco frente a miles de fans.

La producción del álbum también contó con aportes de nombres como Martin Garrix y la musa avant pop Arca, lo que le da a “Confessions II” una textura más experimental hacia el final, sin perder ese hilo conductor de pista de baile continua que caracterizó al disco original.

Puede sonar exagerado hablar de “Nuevo Testamento del pop” para referirse a un disco, pero hay algo de verdad en esa idea. En momentos donde buena parte de la música actual parece obsesionada con sonar contenida, casi tibia, Madonna vuelve a hacer lo contrario: no persigue tendencias, hace que las tendencias la persigan a ella. Y en Chile, donde la escena de música electrónica y los espacios de fiesta LGBTI+ han tenido que reinventarse constantemente entre pandemias, cierres de locales históricos y una industria musical que no siempre nos pone en el centro, un disco como este llega casi como una inyección de energía colectiva.

No hace falta ser fanático o fanática de toda la vida para sentir el llamado. Basta con haber bailado alguna vez “Hung Up” en una fiesta con amigos y amigas para entender por qué esta secuela genera tanta expectativa. Madonna nunca dejó de ser, para varias generaciones de la comunidad, esa figura materna un poco excéntrica que siempre nos invita de vuelta a la pista quince minutos antes de que cierren.

Los evangelios siempre hablaron de resurrecciones, y pocas artistas han sabido resucitar tantas veces como ella. La pregunta ahora es si “Confessions II” logrará instalarse en nuestras propias listas de reproducción con la misma fuerza que su antecesor, o si quedará como un capítulo más, disfrutable pero pasajero, dentro de una carrera que ya no tiene nada que demostrarle a nadie.

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