Cae Apoyo a la Comunidad LGBTI+ en Estados Unidos

Banderas Gay y de Estados Unidos

Una nueva encuesta de Gallup revela que el respaldo hacia el matrimonio igualitario, los derechos trans y la aceptación de las relaciones homosexuales retrocedió a niveles que no se veían desde hace una década. ¿Qué nos dice esto a los y las chilenas?

Llevábamos dos décadas mirando cómo la aguja se movía, lentamente pero sin pausa, hacia la aceptación. En casi todo el mundo occidental, los números iban mejorando: más personas apoyaban el matrimonio igualitario, más familias aceptaban a sus hijos e hijas LGBTI+, más empresas se sumaban a las campañas de junio. Parecía que el arco de la historia, ese que tanto nos gusta citar, realmente se inclinaba hacia la justicia. Pues bien, resulta que los arcos también pueden doblarse hacia el otro lado.

Una encuesta anual de la reconocida firma estadounidense Gallup, publicada esta semana en pleno mes del Orgullo, entregó datos que vale la pena leer con atención: el apoyo de los y las estadounidenses hacia distintas dimensiones de la igualdad LGBTI+ ha caído de forma significativa respecto a sus máximos históricos de principios de la década. No se trata de una fluctuación menor. Se trata de una tendencia sostenida que, según los propios analistas de Gallup, está vinculada directamente al clima político y cultural que se instaló en ese país en los últimos años.

Los números que duelen

Según los datos de la encuesta Gallup de Valores y Creencias de 2026, el porcentaje de personas que apoya el matrimonio entre personas del mismo sexo bajó seis puntos desde 2023, situándose en torno al 65% de la población adulta. Suena alto, pero hay que recordar que este número llegó a estar por encima del 70% hace apenas unos años. Peor aún: quienes consideran moralmente aceptables las relaciones entre personas del mismo sexo cayeron al 62%, el nivel más bajo desde 2016. Y la situación es dramáticamente más grave en el caso de las personas trans: solo un 38% de los y las encuestadas considera que el proceso de transición de género es moralmente aceptable, una caída de ocho puntos respecto a mediciones anteriores.

La segmentación por tendencia política es aún más elocuente. Entre votantes republicanos —que en 2022 llegaron a mostrar cifras de apoyo al matrimonio igualitario cercanas al 55%— ese número se desplomó a apenas un 37%. Y en materia de derechos trans, el panorama es directamente desolador: solo el 5% de los republicanos encuestados considera moralmente aceptable la transición de género. Para poner eso en perspectiva: es similar a los niveles de aceptación que existían en Estados Unidos hace más de veinte años.

¿Por qué importa esto acá en Chile?

Una pregunta legítima. Los y las chilenas no votamos en las elecciones de Estados Unidos, y los vaivenes de la política norteamericana no determinan directamente lo que ocurre en nuestro país. Pero sería ingenuo pensar que lo que pasa allá no llega hasta acá. Los movimientos conservadores globales funcionan en red: comparten estrategias, financiamiento y narrativas. El lenguaje del “ideario de género”, la resistencia al matrimonio igualitario, los ataques a la identidad trans que hoy vemos en debates parlamentarios chilenos tienen ecos directos en lo que ocurre en Estados Unidos, Brasil, Hungría o España. Cuando el retroceso se instala en la cultura de uno de los países más influyentes del planeta, sus efectos se irradian.

Además, Chile no está inmune. Las encuestas locales muestran avances importantes en aceptación social hacia las personas LGBTI+, y el matrimonio igualitario —vigente desde 2022— cuenta con apoyo mayoritario según distintas mediciones. Pero también sabemos que ese apoyo no es homogéneo ni está garantizado para siempre. La Marcha del Orgullo que este 27 de junio llenará la Plaza Italia en Santiago no es solo una fiesta: es una afirmación política de que estos derechos existen porque personas reales los conquistaron, y que deben ser defendidos con la misma energía con que se obtuvieron.

El discurso del odio no ocupa el vacío solo: lo construye

Lo que revela la encuesta de Gallup no es solo un cambio espontáneo en la opinión pública. Es el resultado de años de trabajo sistemático por parte de sectores conservadores que pusieron la identidad LGBTI+ en el centro del debate cultural como una amenaza. Políticos que dedicaron energía y recursos a presentar a las personas trans como un peligro para los niños y las niñas, que atacaron programas de diversidad en escuelas y empresas, que construyeron una narrativa del “adoctrinamiento” para deslegitimar cualquier esfuerzo de inclusión. Gallup lo reconoce explícitamente en su análisis: el cambio de actitudes se produjo en el contexto de una ofensiva activa de líderes conservadores contra las políticas de diversidad, equidad e inclusión.

Eso debería servir como espejo para Chile. Los mismos argumentos circulan en redes sociales, en grupos de WhatsApp familiares y en algunos medios de comunicación locales. La diferencia es que acá aún estamos a tiempo de nombrarlos por lo que son: estrategias políticas disfrazadas de preocupación moral. La evidencia internacional muestra que el retroceso en derechos no ocurre de la noche a la mañana: se construye discurso a discurso, encuesta a encuesta, silencio a silencio.

“El cambio ha ocurrido mientras líderes conservadores han presionado en contra de los programas de diversidad, equidad e inclusión que buscaban fomentar una mayor aceptación de las personas LGBTI+ y otros grupos históricamente marginados.” — Gallup, encuesta anual de Valores y Creencias, 2026.

El Orgullo nació como protesta, no como decoración

En este contexto, el mes del Orgullo adquiere una dimensión que va mucho más allá de los colores y las cumbias. Si en Estados Unidos —un país que suele verse como referente de libertades civiles— el apoyo a la igualdad LGBTI+ está retrocediendo de manera medible, la respuesta no puede ser bajar la guardia. Todo lo contrario: es el momento de recordar que el Orgullo nació en Stonewall como una revuelta, no como una campaña de marketing. Que la bandera arcoíris no es un accesorio de temporada sino el símbolo de décadas de resistencia frente a la discriminación, la violencia y la muerte.

Para los y las chilenas que marcharán este 27 de junio por las calles de Santiago —y para quienes se sumarán en Valparaíso, Temuco, Antofagasta y tantas otras ciudades— estas cifras son una razón más para ocupar el espacio público con convicción. No porque lo que pase en EE.UU. dicte nuestra agenda, sino porque los derechos conquistados nunca se defienden solos. Se defienden con presencia, con organización, con voto y con voz.

Lo que nos toca hacer

La encuesta de Gallup es incómoda, pero es útil. Nos recuerda que la aceptación social no es un destino al que se llega y del que no se puede volver. Es un estado que requiere mantención activa: educación, representación, leyes, y también cultura. En Chile, organizaciones como Movilh y Fundación Iguales llevan décadas construyendo ese piso. Pero el trabajo no puede recaer solo en activistas y organizaciones: es una tarea de todos y todas. De las personas aliadas que hablan en sus lugares de trabajo, de los y las profesoras que incluyen diversidad en sus clases, de los medios que cubren la realidad LGBTI+ sin sensacionalismo y con rigor.

Mirar lo que ocurre en el norte y aprender de ello no es pesimismo. Es inteligencia. Y en este mes de junio, mientras preparamos las banderas y los zapatos cómodos para la marcha, vale la pena llevar también esa lucidez: los derechos que hoy tenemos son el resultado de lucha, y solo la lucha puede protegerlos.

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