“La motosierra” llega al debate: cuando el recorte se vuelve sentido común

Mujer levanta la bandera del orgullo gay

Una columna de María José Cumplido (Fundación Iguales) pone el dedo en la llaga: el problema no es solo recortar, es cómo el lenguaje “técnico” vuelve invisibles derechos como la no discriminación.

Hay metáforas que se usan para la tele y se quedan ahí, y hay otras que se te meten al living y empiezan a ordenar la conversación sin pedir permiso. “La motosierra” es de esas. Se presenta como eficiencia, austeridad, “poner la casa en orden”, y en el camino instala una idea peligrosa: que la política se reduce a planillas de Excel y que todo lo demás es un lujo.

Eso es lo que plantea María José Cumplido en una columna que ha dado vuelta en estos días: que la ideología más eficaz no siempre aparece con banderas, a veces llega disfrazada de “no hay alternativa”. El debate se encierra en crecimiento, inversión, estabilidad fiscal, clima de negocios, y cuando el marco es ese, ciertos temas quedan automáticamente fuera de pantalla: derechos sociales, no discriminación, bienestar, dignidad.

La ideología que no se reconoce como ideología

Uno de los puntos más filudos del texto es este: hay ideas que se discuten como ideas (y ahí hay pelea, argumentos, costos), pero también hay ideas que se vuelven “sentido común” y dejan de parecer discutibles. Cuando eso pasa, la conversación pública ya viene con el tablero armado. Y el tablero, dice la autora, está armado en clave económica: lo “serio” es lo medible; lo demás queda para el rincón de lo “identitario”, lo “sectorial”, lo “nicho”.

En esa lógica, la pregunta deja de ser qué Estado queremos y pasa a ser cuánto recortamos y a qué velocidad. Y cuando la premisa se instala así, la discusión democrática se achica, porque la decisión de fondo queda fuera del debate: qué obligaciones tiene el Estado con las personas, con todas y todos, y cuáles derechos deberían ser intransables aunque no se puedan traducir a la tasa de retorno.

Cuando “no hay presupuesto” funciona como filtro moral

El texto aterriza esa idea con ejemplos que, para la comunidad LGBTQ+ en Chile, se sienten demasiado familiares. Se menciona un programa de formación en diversidad para funcionarias y funcionarios públicos sin presupuesto; se menciona la detención del Tercer Plan Nacional de Derechos Humanos; se menciona una reforma a la ley antidiscriminación que queda frenada porque “no es urgente”.

El punto no es que el presupuesto no importe. Importa, obvio. El punto es cómo el lenguaje administrativo puede operar como una llave: abre puertas para lo que calza con la racionalidad económica y las cierra para lo que requiere un lenguaje de derechos. Así se genera un retroceso sin debate real, porque el “no se puede” suena neutral, pero termina decidiendo quiénes merecen prioridad y quiénes quedan para después.

El truco del lenguaje “técnico”: decisiones políticas con cara de trámite

Cumplido insiste en que las decisiones se enuncian como si fueran técnicas, cuando en realidad son políticas. Y esa parte es clave para entender por qué la “motosierra” funciona tan bien como símbolo: promete cortar sin discutir, como si el recorte fuera una ley natural.

En la práctica, eso produce una normalización que se nota en el día a día. Si un plan de derechos humanos se pausa, se dice “priorización”. Si una reforma antidiscriminación no avanza, se dice “no es urgente”. Si un programa de formación queda sin recursos, se dice “restricción presupuestaria”. El resultado se siente igual: menos Estado para protegerte cuando te niegan un servicio, cuando te humillan en una oficina, cuando te echan de una pega por ser quien eres. Solo cambia el relato que lo envuelve.

El silencio transversal y el costo para la democracia

Otro dardo del texto es que este marco cruza el espectro político y también contamina a medios e intelectuales: las preguntas se hacen con las mismas reglas, los mismos indicadores, las mismas prioridades.

Y aquí viene lo incómodo: si nadie nombra el marco, el marco manda. Por eso la autora llama a “romper el círculo” no solo denunciando retrocesos puntuales, sino identificando la ideología que los vuelve “razonables” a ojos del debate público.
Porque una democracia donde algunos derechos “caben” y otros “no alcanzan” según el clima fiscal es una democracia que empieza a seleccionar ciudadanía por presupuesto, aunque nadie lo declare en voz alta.

¿Qué hacemos con esto, más allá de la columna?

Desde esta vereda, el aprendizaje es directo: cuando la conversación se llena de tecnicismos, conviene preguntar “¿quién gana y quién pierde con esta prioridad?”. Y conviene hacerlo temprano, antes de que el recorte se vuelva costumbre y la costumbre se vuelva identidad nacional.

También sirve para afinar el radar: si cada vez que aparece la palabra “diversidad” viene seguida de “no hay recursos”, no estamos frente a una casualidad. Estamos frente a una decisión. Y las decisiones se pueden discutir, pelear y revertir, pero para eso primero hay que nombrarlas.

La “motosierra” como símbolo vende una fantasía: cortar rápido, cortar parejo, cortar sin drama. En la vida real, los cortes nunca son parejos y el drama lo pagan las mismas personas de siempre. Si el Estado se vuelve incapaz de leer la no discriminación como urgencia, lo que se recorta no es solo gasto: se recorta pertenencia.

Este artículo se basa en la columna “La motosierra como ideología”, publicada en El Mostrador por María José Cumplido, directora ejecutiva de Fundación Iguales.

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