Una investigación académica detectó que, entre hombres gay, bi, trans y queer, los viajes están empujando acuerdos de pareja más flexibles: ni monogamia rígida, ni relación abierta total.
Semana Santa en Chile suele venir con dos cosas seguras: terminales llenos y grupos de WhatsApp echando humo con el “¿a qué hora salimos?”. Pero este año hay un tema que se está colando en conversaciones más íntimas, sobre todo entre hombres gay, bi, trans y queer: cuando nos vamos de viaje, también se mueven (y se negocian) las reglas de pareja.
Una investigación reciente de la Universidad de Surrey, publicada en Annals of Tourism Research (2026), identifica una tendencia que está ganando visibilidad en dinámicas de relación: el modelo “monogamish”. El concepto es bien preciso: relaciones que mantienen un vínculo principal (una pareja “base”), pero que incorporan acuerdos más flexibles en ciertos contextos, particularmente durante viajes. No es “relación abierta para siempre”, y tampoco es “monogamia de fierro”. Es un punto intermedio, con reglas propias, donde el viaje funciona como gatillante.
Qué es “monogamish” y por qué está apareciendo tanto
La palabra “monogamish” se usa para describir vínculos donde existe un compromiso central (afectivo, de proyecto, de vida) y al mismo tiempo se permiten ciertas experiencias fuera de la pareja, pero bajo acuerdo y con límites claros. La clave no es el “permiso” en sí, sino la idea de negociación: se conversa, se pacta, se define el marco.
En la práctica, puede ir desde algo muy acotado (“si estamos de viaje, podemos coquetear o tener encuentros, pero sin repetir con la misma persona”) hasta acuerdos más amplios (“si uno sale de viaje solo, puede tener sexo casual con ciertas condiciones”). Lo importante es que se trata de un formato que muchas parejas entienden como una manera de cuidar el vínculo principal, sin exigir una rigidez que se vuelve inviable o que termina explotando en secreto.
El viaje como espacio de cambio: distancia, anonimato y deseo
El estudio plantea que los desplazamientos crean condiciones propicias para que las personas cambien conductas habituales. No porque viajar “te convierta” en otra persona, sino porque el viaje altera el entorno donde normalmente operamos: cambia el ritmo, la identidad cotidiana, el circuito social, y también el nivel de anonimato.
En ese marco, los investigadores hablan de “desinhibición situacional”: una mayor disposición a experimentar, facilitada por el contexto temporal y geográfico del viaje. En simple: lejos de la rutina, lejos del ojo conocido, con menos fricción social, muchas personas se sienten más disponibles para explorar.
Eso no significa que las normas desaparezcan. De hecho, el dato interesante es el contrario: las normas siguen existiendo, pero se flexibilizan. El “monogamish” aparece como una respuesta adaptativa: un modo de sostener el vínculo, pero reconociendo que el viaje abre posibilidades (y tentaciones) que no siempre se manejan con el modelo tradicional “todo o nada”.
Grindr y la tecnología como copiloto del turismo queer
Otro hallazgo potente del texto es el rol de la tecnología. Plataformas como Grindr ya no funcionan solo como “app de citas” durante un viaje: también operan como herramienta de anticipación del destino. Muchas y muchos usuarios no llegan “a ver qué pasa”, sino que llegan con un mapa social armado: conversaciones previas, recomendaciones, datos de seguridad, tips de lugares, y hasta rutas de carrete.
En otras palabras, el viaje se planifica con una capa digital encima. Lo que antes era exploración espontánea hoy muchas veces es exploración mediada: se conversa antes de aterrizar, se tantea el ambiente, se filtra con quién juntarse, y se arma red incluso antes de pisar la ciudad.
En ese contexto, el estudio sugiere que las negociaciones de pareja también se ven empujadas por lo digital. Porque una cosa es “podría pasar algo” y otra cosa es tener el celular vibrando con posibilidades concretas. Cuando la disponibilidad se vuelve inmediata y constante, las parejas terminan enfrentando una pregunta práctica: ¿cómo se conversa el deseo cuando el contexto lo multiplica?
Semana Santa como acelerador: cuando la fecha empuja la dinámica
En Chile, Semana Santa funciona como una mini temporada alta: más movilidad, más escapadas cortas, más ciudades llenas, más grupos de amigos, y también más gente viajando en pareja. Ese tipo de fechas intensifica dinámicas porque el viaje suele ser concentrado y emocionalmente cargado: pocos días, muchas ganas de desconectarse, y esa sensación de “aprovechar ahora”.
En ese escenario, el “monogamish” puede aparecer como una forma de gestionar la realidad sin caer en dos trampas comunes: la negación (“no va a pasar nada”) o el conflicto permanente (“si te gusta algo fuera, entonces no me quieres”). La propuesta, en su mejor versión, es más adulta: reconocer que el deseo existe, que el viaje cambia el contexto, y que una pareja puede elegir acuerdos que eviten el secreto y protejan el vínculo.
Ojo: flexibilidad no es ausencia de cuidado
Aquí conviene subrayar algo para que no se entienda mal: un acuerdo monogamish no es “cualquier cosa vale”. De hecho, suele ser lo contrario: si hay flexibilidad, también hay condiciones. En muchas parejas, eso implica:
- Conversación previa (y no solo “en caliente”).
- Límites claros (qué se permite, qué no).
- Cuidado sexual y consentimiento.
- Reglas sobre privacidad, honestidad y manejo emocional.
- Revisión posterior: cómo se sintieron, qué funcionó, qué no.
Y hay una cosa más: no todas las parejas quieren o necesitan esto, y está perfecto. El punto es que el estudio sugiere que, en ciertos grupos y contextos, este formato está ganando espacio como respuesta cultural al cruce entre turismo, apps y nuevas formas de intimidad.
El turismo no solo mueve maletas: también mueve códigos. Para hombres gay, bi, trans y queer, el viaje se está convirtiendo en un espacio donde se reevalúan límites, se renegocian acuerdos y se ensayan modelos menos rígidos que la monogamia tradicional, sin necesariamente saltar a una relación abierta total. El “monogamish” aparece como una de las señales más claras de este cambio: un formato híbrido que intenta sostener el vínculo principal sin negar lo que el viaje —y la tecnología— ponen sobre la mesa.

