Movilh homenajeó a 70 víctimas de homo/transfobia y exigió reformar la Ley Zamudio

Memorial por la Diversidad Daniel Zamudio Vera
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En el Memorial de la Diversidad del Cementerio General, el Movilh recordó a las personas asesinadas por odio en Chile y apuntó directo al Congreso: la reforma a la Ley Antidiscriminación sigue estancada desde 2019.

¿Supieron de esto? A veces la memoria no es un minuto de silencio ni un post en redes. A veces es un gesto simple, duro y tremendamente elocuente: dejar una flor por cada persona asesinada por homo/transfobia. Eso hizo el Movilh en el Memorial de la Diversidad, en el Cementerio General, en una ceremonia marcada por una fecha que todavía duele: el 14° aniversario del fallecimiento de Daniel Zamudio. Y junto al homenaje, vino el emplazamiento político: exigir que se destrabe la reforma a la Ley Zamudio, la Ley Antidiscriminación, que sigue pegada en el Congreso.

La cosa es así: según el Movilh, en Chile hay 70 víctimas fatales de crímenes de odio homo/transfóbicos documentadas. En la ceremonia, las y los activistas dejaron una flor por cada una, y desplegaron una bandera LGBTIQ+ como forma de recordar que detrás de cada cifra hubo una vida, una familia, amistades, sueños y un país que falló en protegerlas y protegerlos. La escena no es solo simbólica: es una manera de decir “esto pasó” y “esto sigue importando”, aunque el calendario y la contingencia quieran empujar el tema al rincón.

El nombre que se agregó al memorial, aunque 2025 no tuvo crímenes registrados

Hay un detalle que muestra lo complejo que es hablar de “años buenos” o “años malos” en esto. El Movilh señala que en 2025 no se registraron crímenes de odio por primera vez desde 2009, lo que, en cualquier otro tema, sería motivo de alivio. Pero el memorial igual sumó un nombre: René Márquez Arismendi, asesinado el 20 de abril de 2024 en Punta Arenas, cuyo caso fue identificado como homofóbico por el Tribunal Oral en lo Penal de Punta Arenas recién en octubre de 2025, con una condena a presidio perpetuo para el homicida.

Ese dato deja una idea bien clara: a veces no es que no existan crímenes, sino que las instituciones demoran en reconocerlos como lo que son. Y cuando eso pasa, la justicia llega tarde, el registro llega tarde, y el país también aprende tarde.

Discriminación al alza: el contexto que enciende la exigencia

El homenaje no se hizo en el vacío. El Movilh sostiene que, pese a los avances culturales que muchas y muchos percibimos, los casos de discriminación contra personas LGBTIQ+ siguen creciendo, con un aumento del 27,1% en el último año según su informe anual. En el mismo marco, señalan que en 2025 se registraron 3.620 casos y denuncias por discriminación, la cifra más alta de la que el Movilh dice tener registro, y que concentraría una parte importante del total de abusos conocidos en más de dos décadas.

¿Y qué implica eso en la vida real? Que mientras la sociedad discute si “ya no pasa tanto”, hay personas que siguen enfrentando insultos, exclusión, agresiones, amenazas, trabas laborales, violencia familiar, hostigamiento en la calle y en redes. Y que ese aumento no se puede mirar como un número frío: es una alerta sobre el clima social.

Por qué el Movilh dice que la Ley Zamudio “no sirve como debería”

Aquí viene el corazón del reclamo. La reforma a la Ley Zamudio se tramita desde 2019 y hoy está estancada en Comisión Mixta. Y el Movilh plantea dos críticas concretas al diseño actual de la norma:

  1. No indemniza a las víctimas.
    Es decir, incluso si una persona logra probar discriminación, el sistema no entrega reparación económica clara. En la práctica, eso desincentiva el uso y deja a víctimas con costos emocionales y materiales sin respuesta proporcional.
  2. Hace muy difícil aplicar el agravante de delito discriminatorio.
    En delitos penales, probar el componente discriminatorio puede ser cuesta arriba, y si la redacción no ayuda, el agravante termina quedándose en la teoría. En simple: la ley existe, pero muchas veces no “muerde”.

Por eso, el Movilh insiste en que no basta con “tener una ley”. Una ley que no repara, que no se usa o que no se puede aplicar con eficacia, se vuelve un símbolo vacío. Y cuando se trata de discriminación y violencia, los símbolos vacíos cuestan caro.

Compromisos internacionales y la pregunta incómoda: ¿por qué no se cumple?

Otro punto que el Movilh empuja es el de los compromisos del Estado: Chile, según la organización, se ha comprometido a reformar la norma ante instancias como Naciones Unidas y la CIDH, pero la reforma sigue sin concretarse. Esta parte es clave porque corre el debate desde “agenda local” a “obligación país”. No es solo una demanda activista: es también cumplir estándares mínimos de derechos humanos que Chile ya ha reconocido.

Y esto se vuelve especialmente relevante en un momento donde la política exterior chilena está siendo observada con lupa por decisiones recientes en foros internacionales. En ese clima, destrabar una reforma que fortalezca la protección antidiscriminación no es un gesto decorativo: es una señal de rumbo.

El homenaje como recordatorio: los nombres no son pasado, son advertencia

En la publicación del Movilh aparece un listado histórico de víctimas fatales documentadas desde 1975 hasta 2024, con nombres que muchas y muchos conocemos (por ejemplo, Mónica Briones y Daniel Zamudio) y otros que no tuvieron el mismo espacio mediático, pero que igual merecen memoria y justicia.

Eso también es parte del mensaje del memorial: la violencia por orientación sexual, identidad o expresión de género no es un “caso aislado” cada cierto tiempo. Es un patrón. Y cuando el patrón existe, el Estado tiene dos caminos: o lo enfrenta con herramientas reales, o lo deja a la suerte de quién tiene redes, prensa o recursos para defenderse.

El homenaje del Movilh no fue solo un acto de memoria: fue un emplazamiento con nombre y apellido. Si la discriminación está subiendo y si el país tiene una ley antidiscriminación que, según quienes la usan, se queda corta, entonces el mínimo es hacer que el Congreso se mueva. Porque una flor en un memorial conmueve, sí. Pero lo que cambia vidas —y evita muertes— es que el Estado deje de reaccionar tarde y empiece a proteger a tiempo.

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