El Consejo Nacional de Televisión confirmó una sanción contra el periodista Sergio Rojas por comentarios realizados en televisión sobre el hijo de Rafael Araneda y Marcela Vacarezza. El organismo determinó que sus dichos vulneraron principios básicos de protección de menores, recordando algo que debiera ser evidente: los niños y niñas no son parte del espectáculo.
Que los padres sean rostros conocidos no convierte automáticamente a sus hijos en contenido. La farándula puede debatir, opinar, criticar e incluso exagerar sobre la vida pública de celebridades, pero cuando el foco se traslada a menores de edad, la línea ética es clara. Y cuando se cruza, hay consecuencias.
Sin embargo, este episodio no es aislado. Se inscribe en un estilo comunicacional que ya había generado controversia meses antes, cuando Rojas realizó comentarios tras el diagnóstico de VIH del periodista Andrés Caniulef. En ese momento, lo que estaba en juego no era un “cahuín”, sino una condición de salud históricamente estigmatizada, especialmente en la comunidad LGBTQ+.
Caniulef enfrentó públicamente esos dichos en el programa Palabra de Honor, evidenciando el impacto emocional que puede tener la exposición liviana de un tema tan íntimo. El VIH no es una herramienta narrativa ni un recurso para tensionar paneles de espectáculo. Es una realidad médica y social que aún arrastra prejuicios profundos.
La sanción del CNTV por el caso del menor reabre una discusión más amplia: ¿qué responsabilidad implica tener una tribuna en televisión abierta? La libertad de expresión no es sinónimo de impunidad discursiva. Cuando se habla desde una pantalla con alcance nacional, las palabras tienen peso, y ese peso se multiplica cuando se trata de salud, familia o infancia.
La farándula chilena ha endurecido su tono en los últimos años. La confrontación directa y la revelación de información sensible parecen ser parte de una fórmula de impacto. Pero cuando el rating se alimenta de la vulnerabilidad ajena —sea la de un niño o la de una persona viviendo con VIH— la pregunta ya no es si genera audiencia, sino si es éticamente defendible.
No se trata de cancelar ni de silenciar. Se trata de entender que una tribuna mediática no puede usarse con liviandad. La televisión no es solo entretenimiento; también construye imaginarios, valida discursos y normaliza prácticas.
El CNTV marcó un límite en el caso del menor. El antecedente del VIH de Caniulef recuerda que ese límite no siempre fue considerado. Y ahí es donde la reflexión deja de ser jurídica y pasa a ser ética.

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