Connor Storrie, la sorpresa de Heated Rivalry: “pensé que no me iban a elegir”

Connor Storrie Protagonista de Heated Rivalry Más que Rivales
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Tiene 25 años, es de Texas, trabajaba en un restaurante y terminó interpretando a Ilya Rozanov: hockey, ruso, acento y un fandom que explotó antes del estreno en EE.UU. Así lo contó en una entrevista donde se nota que todavía está procesando el fenómeno.

Hay historias de casting que parecen inventadas para quedar bien en una entrevista, pero la de Connor Storrie suena demasiado real como para no creerla: cuando le llegó el desglose del personaje de Heated Rivalry, leyó “1,90, hablante nativo de ruso, jugador de hockey” y pensó automáticamente: “ya, esto no soy yo”. Y sin embargo, acá estamos: la serie se convirtió en “la serie del momento” para la internet queer, y él quedó al centro como Ilya Rozanov, rival y amante, descarado y vulnerable, el tipo de personaje que el fandom adopta como si fuera familiar.

La cosa es así: en la entrevista, Storrie cuenta que lo que lo emocionó desde el principio fue precisamente lo más imposible: el componente ruso. No solo porque le atraen los idiomas y los acentos desde chico, sino porque esa “rareza” lo sacaba de lo típico que le llega a alguien que venía en etapa de audicionar “a todo” para poder trabajar. Y se nota que hay algo muy honesto en su tono: no habla como estrella que siempre supo que iba a pasar, habla como actor que todavía se sorprende de que el salto haya sido tan rápido.

Del “esto no es para mí” al “ok, tenemos una semana”

El detalle que te deja tiesa o tieso es el plazo: según Storrie, recibió la confirmación definitiva del papel aproximadamente una semana antes de viajar al rodaje. Una semana para entrar a un proyecto donde tenía que aprender ruso, trabajar un acento, y además lidiar con algo que para un texano no es precisamente cotidiano: patinar y jugar hockey a nivel creíble en cámara.

Ahí aparece una parte bonita del relato: el nivel de disciplina. Cuenta que lo conectaron con una coach de dialecto, Kate Yablunovski, y que se pusieron a trabajar con sesiones largas por Zoom, todos los días, y luego con seguimiento durante el rodaje. Esa rutina no es glamorosa, es pega. Y es el tipo de pega que después se nota cuando la gente ve la serie y dice “¿cómo habla así?” sin tener idea del trabajo detrás.

Hockey, gimnasia y esa historia rarísima de una rusa en Texas

En deportes, Storrie dice que venía más de lo individual: gimnasia, tumbling, cheerleading competitivo. Y suelta una confesión divertida que se siente demasiado humana: no se considera “el mejor jugador de equipo”. Le gusta que si falla, sea por él. En hockey, dice que el patinaje lo maneja, pero cuando aparece el puck y el palo… se le desarma el castillo.

Y ahí tira una anécdota que parece escena de comedia: una vez, de niño, una mujer rusa se acercó a su mamá en una pista de hielo en Texas y le dijo algo como “tengo que entrenarlo”. Lo hizo patinar para atrás y practicar movimientos… y después desapareció para siempre. Ese tipo de historia explica por qué a Storrie le sale tan natural hablar de “control” corporal: su base atlética existe, solo que el hockey es otra bestia.

El fandom, la presión y ese equilibrio difícil de no volverse loco

Storrie reconoce algo que no todas y todos dicen con tanta calma: la internet puede ser brutal, pero en su caso la ola ha sido mayoritariamente positiva. Y hay una clave: él parece entender que estar en redes es parte del trabajo, pero también sabe que si lo piensas demasiado te puede estresar. En vez de hacerse el cool, dice que se siente preparado porque creció en esta época: sabe que la audiencia ahora está a un click y que el feedback llega instantáneo.

También es interesante cómo le pone nombre a la “magia” del proyecto: por un lado, el trabajo del creador Jacob Tierney; por otro, el fandom previo de los libros de Rachel Reid. Esa combinación explica el fenómeno raro de Heated Rivalry: una serie que ya tenía público antes de estrenarse y que se volvió favorita online incluso antes de tener casa en EE.UU. Es una de esas veces donde el boca a boca no llega “después”, llega primero.

Cómo entiende a Ilya: no es el “bad boy”, es la coraza

Cuando le preguntan por Ilya, Storrie dice algo clave: al principio pensó que la gente amaba al personaje por el arquetipo del “bad boy” coqueto y pesado. Pero al entrar al libro y al material, entendió que el cariño venía de otro lado: la coraza. Ilya es un personaje que se hace el duro, el gracioso o el provocador, pero por debajo hay mucho peso emocional. Y esa lectura es exactamente lo que hace que el personaje funcione: no es “malo porque sí”, es alguien que aprendió a sobrevivir a su manera.

Esa parte es particularmente relevante para una historia queer: muchas veces, en relatos de deseo prohibido o vidas en clóset, la coraza es el idioma emocional de supervivencia. Y Storrie parece haberlo entendido como actor: lo que se ve en la superficie es actuación del personaje dentro del mundo; lo que importa es lo que no se dice.

“No siento presión”: la filosofía de dar 150% y seguir

Cuando le hablan de la presión de adaptar un romance (género que a veces se trata en modo frívolo), Storrie responde algo bien directo: no siente “mucha presión” como actor. No porque sea soberbio, sino porque su filosofía es más bien existencial: darlo todo, aceptar que no le va a gustar a todo el mundo, y seguir. Incluso dice que muchas obras enormes tienen haters, y que eso no las hace menos valiosas.

Y hay otro punto: él se sintió “en buenas manos” porque el guion y la dirección no cayeron en una versión “aguada” ni en clichés. Habla de una serie rápida, sexy, estilizada, graciosa cuando corresponde y torpe cuando corresponde. Esa mezcla es justamente lo que hace que Heated Rivalry no se sienta como “un producto”, sino como una historia con pulso.

El dato que aterriza todo: trabajaba en un restaurante

La parte más emotiva es cuando Storrie habla del “qué viene ahora” y decide ser brutalmente transparente: cuando audicionó, trabajaba en un restaurante 40 horas a la semana, salía de madrugada y eso lo venía haciendo por años, desde el colegio. Y dice algo que pega porque es simple: se siente agradecido de estar haciendo lo que siempre quiso hacer.

En un mundo donde las carreras se cuentan como si fueran lineales, escuchar a alguien decir “yo estaba sirviendo mesas hace nada” te recuerda que el éxito no es solo talento. Es oportunidad, timing, insistencia, y también aguantar años sin garantía. Para muchas y muchos artistas queer (y no queer), esa historia se siente cercana: la vida real ocurre mientras una persona sueña.

Connor Storrie no está vendiendo humo: está contando el proceso de pasar de “esto no es para mí” a sostener un personaje amado por miles, en una serie que se volvió fenómeno. Y si algo queda claro, es que el encanto de su relato no está en lo perfecto, sino en lo humano: el trabajo intenso, la disciplina, el miedo razonable, la gratitud y esa sensación de “todavía no me explota la cabeza”. Ojalá le siga sin explotar, pero que le sigan llegando proyectos igual de buenos.

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