La columna “Grindr, el descuartizador”, publicada recientemente en Página 12 y firmada por Lucas “Fauno” Gutiérrez, propone una reflexión crítica y provocadora sobre el impacto de las aplicaciones de citas —especialmente Grindr— en la forma en que las personas construyen su deseo, su identidad y sus vínculos sexoafectivos. Lejos de una mirada moralista o tecnológica, el texto se sitúa en un plano político y emocional, abordando cómo el mercado y el algoritmo penetran incluso en los espacios más íntimos de la vida cotidiana.
En su columna, Gutiérrez describe un escenario marcado por el scroll permanente, donde las personas se ofrecen fragmentadas, reducidas a partes del cuerpo, logros editados o atributos comercializables. Según el autor, esta lógica no solo transforma a las apps en vitrinas de consumo, sino que profundiza un proceso de deshumanización en el que la identidad, las ideas y la historia personal quedan relegadas por considerarse riesgosas o incómodas. El deseo, en ese contexto, deja de ser exploración para convertirse en cumplimiento de expectativas ajenas.
Uno de los ejes centrales de la columna es la pérdida de una relación auténtica con los propios gustos, intereses y pasiones. La columna plantea que la sobreabundancia de estímulos, tendencias y opiniones prefabricadas —especialmente mediadas por redes sociales y algoritmos— erosiona la capacidad de construir una mirada propia. El “músculo de la identidad”, escribe Gutiérrez, se atrofia, y las personas terminan pareciéndose más a lo que consumen y validan digitalmente que a lo que realmente desean.
El análisis también se extiende a las tensiones afectivas contemporáneas. En el texto se cuestiona cómo ciertas ideas —como la obligatoriedad de la apertura relacional, la culpa asociada a los celos o el miedo a incomodar— se instalan como mandatos que dificultan la expresión honesta del malestar. Gutiérrez observa que, en nombre de una deconstrucción idealizada, muchas veces se silencia el dolor real y se evita nombrar dinámicas que afectan profundamente la salud emocional y los vínculos.
En este marco, la sexualidad aparece atravesada por una lógica de rendimiento. El sexo, plantea la columna, se vuelve una tarea a cumplir, una coreografía preestablecida que reduce el riesgo de ser juzgado como persona, pero que también vacía al encuentro de presencia y placer genuino. El autor advierte que cuando incluso el goce se subordina al mercado, se pierde algo más que intimidad: se debilita la capacidad de decisión y de crítica en otros ámbitos de la vida social y política.
El sexo, entonces, deja de ser encuentro y pasa a ser rendimiento. Un “sexo express” donde los roles están claros, los casilleros definidos y los riesgos minimizados. No se juzga a la persona porque ya no hay persona, solo función. El deseo propio se reemplaza por un guión aprendido, una coreografía mecánica que garantiza control y reduce daños. A cambio de esa falsa calma, se entrega algo esencial: la curiosidad, la mirada crítica, la sensibilidad que permitía reconocer placeres genuinos. Lucas “Fauno” Gutiérrez.
La columna también establece un vínculo explícito entre estas prácticas íntimas y el contexto político más amplio. Para Gutiérrez, la delegación del deseo al mercado no es inocua: la dopamina inmediata, el éxito transaccional y la validación constante terminan apagando la rabia política y la sensibilidad colectiva. En esa lectura, la forma en que se desea y se coge no está separada de cómo se vota, se participa o se acepta lo “menos peor” como horizonte posible.
Lejos de ofrecer recetas o soluciones cerradas, “Grindr, el descuartizador” cierra con una invitación a la duda, a la experimentación y a la verbalización del malestar. El texto propone recuperar el tacto, la incomodidad y la conversación como espacios fértiles para reconstruir vínculos más conscientes y placenteros. No como un gesto nostálgico, sino como un punto de partida para imaginar otras formas de intimidad posibles en un sistema que parece haber capturado incluso el deseo.

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